viernes, 28 de marzo de 2008

De la excelencia en el trabajo

La teoría dice que todos los trabajadores y cuadros de una empresa han de perseguir, en sus respectivas tareas, la excelencia, es decir una realización perfecta. Ésta es, por supuesto, una utopía, pero, como tal, hemos de tender a su consecución. Pero cuando este axioma se trunca en algún punto de la piràmide laboral, se corta a sus inferiores la posibilidad de exceler. Cuando esta situación se repite continuamente provoca una desmotivación. Entramos en un bucle negativo.
Del “sólo se paga la faena una vez” – un tópico con frecuencia negado pero que sería óptimo – pasamos al “te pagan por x horas de trabajo”, lo que implica admitir que da igual si se realiza una faena excelente o absurda; sólo importa haber estado un determinado tiempo en activo. Se pervierte así el sistema de trabajo. Mientras al inferior se le exige - ha de ser así- la màxima eficacia, ésta no se demanda con tanto énfasis al superior.
La eficacia supone para el trabajador unos conocimientos previos y una dedicación y concentración que deriven en una buena ejecución en un tiempo razonable. Los conocimientos proceden de formación y de experiencia; su valor para el caso de cada trabajador ha de ser conocido por los cuadros, para utilizar en cada caso al trabajador más idoneo. La dedicación y concentración son un elemento propio de cada cual, pero se pueden ver interferidos por una baja motivación.
Para los mandos, la eficacia supone una planificación previa y una organización del desarrollo del trabajo. Así, han de conocer qué hay que hacer y disponer quien será el realizador y con que medios, buscando sobretodo un objetivo concreto, pero también una economía de esfuerzos humanos y de gastos.
La no planificación previa equivale muchas veces a limitar la concentración del personal a un mismo asunto un tiempo exagerado. Ello se traduce en una mengua de productividad.
El no ahorro de esfuerzo físico implica riesgos laborales. El no reparar en gastos ataca la economía de la empresa y entra también en el campo ético.
Sin duda es deseable una buena formación de mandos con el fin de que la excelencia sea común a toda la piràmide laboral. Redunda en una buena motivación, un buen clima de trabajo y un aumento de la productividad.
Xavier López
Marzo 2008